Nos conocimos al comenzar el colegio secundario. Teníamos sólo 13 años. Rápidamente nos hicimos buenos amigos. Solíamos trabajar juntos en clase, participar en las “feria de ciencias” y hasta actuar juntos en eventos escolares. La verdad es que considero a Migue no sólo un gran amigo, sino también una persona muy talentosa, creativa y carismática. Siempre disfruté trabajar con él.
"...Porque muchos se involucran,
pero pocos realmente se comprometen."
Al terminar el secundario, ambos decidimos estudiar en la misma Universidad. Pero escogimos carreras distintas y nuestras vidas se distanciaron.
Hace un par de meses, lo invité a trabajar en la provincia Argentina de Salta, donde actualmente estoy coordinando el Proyecto “Pisadas Saludables”.Migue, ahora docente y periodista profesional independiente (freelance), felizmente casado y padre de dos preciosos pequeños, aceptó la propuesta de unirse por dos semanas a nuestro proyecto con el propósito de producir material audiovisual para ADRA Argentina. Un camino de altura El día llegó y tan pronto como arribó a Salta capital, partimos hacia La Puna.
La región, también conocida como "Altiplano", es la porción dónde la Cordillera de los Andes se ensancha al máximo de sus posibilidades.Es el hábitat de pueblos Coyas que, junto a los Tibetanos de los Himalayas, son los únicos grupos humanos que viven a casi 5000 metros sobre el nivel del mar. Para los que nunca han estado a tales alturas, es importante saber que los desafíos son diversos, especialmente cuándo uno alcanza y sobrepasa los 3000mts. A partir de este punto, la concentración del oxígeno empieza a disminuir rápidamente haciendo que la estadía sea bastante tortuosa. Náuseas, fuerte dolor de cabeza, taquicardia, pesadez en el cuerpo y problemas para respirar son algunos de los síntomas que se experimentan. Por supuesto y cómo podrán imaginarse, no logramos librarnos fácilmente del "Mal de Altura". La dificultad para respirar fue el síntoma que más sufrí. Cuándo alcanzamos los 4000mts, comencé a notar cómo la respiración no fluía de manera natural y al rondar los 5000mts, honestamente sentí que me desmayaría.
“La Puna”, es un lugar precioso y espiritual... “La Puna”, es un lugar precioso y espiritual, siempre y cuándo el organismo se acostumbre al problema de la falta de oxígeno. Después de 5 horas de un espectacular viaje sobre las nubes con el precipicio como compañero constante a un metro de la ventana, pisamos Viscachani y visitamos una de las tantas escuelas escondidas entre las montañas, en las que ADRA Argentina accede a través de su proyecto “Pisadas Saludables”. A nuestra llegada y después de un largo viaje que nos había encontrado luchando contra las condiciones adversas durante toda la jornada, lucíamos como soldados heridos después de la batalla. Apuesto a que los lugareños se divirtieron bastante al ver nuestras caras moribundas. Por suerte, fuimos benefactores de la hospitalidad de la directora de la escuela local, quién nos proveyó de frazadas, té, incluso un pan casero puneño, realmente único. Fue, entonces, cuestión de tiempo hasta que logramos sentirnos de nuevo en carrera. Pasamos la noche en la escuela. La mañana siguiente, luego de preparar mi desayuno, tomé el cuaderno y me alisté para salir a explorar el lugar. Tan pronto como empecé a sentirme cansado producto del fenómeno mencionado, decidí buscar un lugar para sentarme y contemplar la vista que me rodeaba.
Algunas personas dicen que la naturaleza te acerca a Dios. Otros, que te lleva cerca de la esencia misma de la humanidad. Algunos creen que ayuda a encontrarse con uno mismo. En mi caso, esa mañana sentí el abrazo de la naturaleza de un modo sin precedentes. He tenido la oportunidad de estar en lugares considerados “Maravillas”, otros más “fotografiables”, pero las majestuosas montañas rocosas, el sonido del viento y la gente lugareña, tenían algo especial. Algo que no he encontrado en otro lugar. De noche, las estrellas parecen estar más cerca y durante el día, el sol abraza con toda su fuerza. Ciertamente, uno está más cerca del cielo. Después de un rato, divisé pequeños puntos de colores bajando por las montañas. Advertí que aquellos puntos no eran otra cosa que personas. Cada día, los niños y niñas del lugar caminan hasta dos horas para ir a la escuela. Tienen que subir y bajar montañas para alcanzar su ansiada educación. Para alcanzar “el arma” que puede cambiar al mundo, la que tanto temen los gobiernos por estas latitudes.
...Tienen que subir y bajar montañas para alcanzar la ansiada educación. Para alcanzar “el arma” que puede cambiar al mundo, la que tanto temen los gobiernos por estas latitudes.
Bajan los que suben De pronto, estos “puntos” valientes venían de distintas direcciones hacia nosotros, bajando esas peligrosas colinas, mientras los azotaba bruscamente el desafiante viento puneño. Y yo estaba ahí, en mi roca, observándolos, sintiéndome otra vez un poco más cerca de la raza humana. Para entonces, Migue se encontraba a mi lado, contemplando el mismo hecho. Su rostro, delataba las mismas sensaciones. En nuestros días como estudiantes, ambos debíamos caminar a penas cinco minutos para llegar a la escuela. Y ahora, éramos testigos de cuán dura puede ser la vida para algunos. Me sentí nervioso, impresionado. Emocionado. Fue cuando entendí, mejor que nunca, que como individuos y como grupos de personas, somos definidos por el medio en el que vivimos. Fui a “La Puna” pensando que tenía suficiente conocimiento sobre las pueblos del norte de Argentina. Pero descubrí, una vez más, un mundo totalmente diferente. Con diversas necesidades y un estilo devida totalmente distinto. 
Muchos de estos niños cuando crecen, dejan su lugar para ir a las grandes ciudades... las que nosotros habitamos.
Son los mismos niños que luego son marginados por nuestra sociedad. Los niños que suelen ser señalados como inferiores, sucios e incivilizados. Son los niños que posteriormente culpan y responsabilizan de nuestras propias miserias.
Ellos provienen de un lugar del cuál sólo tenemos apenas una vaga idea. Luchan por sus vidas cada día. Sólo conocen burros y mulas como medios de transporte, y no ven a sus padres por semanas, ya que sus progenitores pasan días en las montañas cuidando al ganado y buscando provisiones.
Tenemos poco conocimiento de las dificultades de otros pueblos. Pero hemos desarrollado una fatídica tendencia a discriminar. Condenamos, como si estuviésemos en la posición de hacerlo. Los acusamos de que no están dispuestos a superarse, cuando ni siquiera tenemos idea quiénes son.
Queda claro: Esto es la máxima expresión de ignorancia de una sociedad como la nuestra, que se auto-cataloga de educada. Superada.
Vivimos atrapados. Anestesiados a grandes dosis de confort. Sea lo que fuese que hagamos, nuestras vidas están conducidas por materialismo y egoísmo.
Mientras este medio nos absorbe, millones están sufriendo ahí afuera. Aca adentro.
Cómo podría explicar que es imperante no esperar a perderlo todo, para recién entonces entender a los más vulnerables.
¿Cómo?
Tal vez esta nota sea un primer paso, en el camino de Pisadas Saludables.
Es mi esperanza.
Por Elián Giaccarini | Para Fuseres.Org
Coord. Proyecto "Pisadas Saludables". Adra Argentina
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