¡Que no te mientan! Estoy harto de que me roben. Y no hablo de las biromes que solía prestar a alumnos con Falta de Memoria Aguda (ya no me queda ni una. Si acabas de leer esto, comprobás la autoría del artículo y recordás que aun tenés en tu poder alguna de mis lapiceras, sabrás que serán bienvenidas en su vieja casa: mi cartuchera).
Estoy harto de que nos roben. Y no hablo de una idea, el celular o las zapatillas. Estoy harto de que nos roben las palabras, que nos mientan la verdad. La distorsionen. Que, como decía Galeano, “enmascaren la realidad”.

¿Qué tiene de malo querer ser el mejor? ¿No constituye un noble objetivo en la vida aspirar a lo más alto? En la sofisticada sociedad del siglo XXI se valora mucho la eficiencia, el desarrollo personal y la ambición profesional, de forma que sólo parece haber lugar para los mejores.
Por otro lado, el cristianismo ha extraído de la Biblia el camino de la excelencia como principio guiador del desarrollo humano. Lo cual parece apuntar en la misma dirección. Hay que aspirar a ser el mejor, ¿no? Quizá no.
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