¿Has jugado alguna vez al ajedrez? Supongo que sí. O, al menos, conoces por encima sus reglas. ¿Sabías que está considerado uno de los juegos de mesa más populares del mundo? La estrategia, anticipación y paciencia que requiere, apasionan a millones de personas. No son pocos los que incluso han visto en este juego una metáfora de la vida misma, en la que también son necesarias las virtudes que en él se desarrollan...
Si el entorno en el que vives fuese un ajedrez, ¿qué ficha te gustaría ser? ¿Cuál elegirías? En principio no hay una respuesta correcta o incorrecta. Sin embargo...
Es la ficha más grande. La más valiosa. La más importante. Algo curioso es que casi no se mueve durante una partida normal. Sin embargo, todas giran a su alrededor. Lo protegen, le ceden el puesto y hasta son sacrificadas por él. Cuando el rey deja de jugar, el juego se acaba.
Creo que todos corremos el riesgo de querer ser “los reyes”. Sobre todo aquellos que tienen alguna posición de liderazgo.
Podemos creer que todo debe girar en torno a nosotros. Que todos deben cedernos el puesto, y por sobre lo demás, que si nosotros no participamos, no dirigimos o no simplemente no estamos, “el juego se acaba”. Ésta, a mi juicio, es una mala comprensión de la realidad, porque el juego en el que estamos inmersos no tiene que ver contigo ni conmigo, sino con un objetivo. Llamémosle “misión”. En esa misión, cada uno tiene su función.
Suele ser el centro de atención. Como no tiene la responsabilidad del rey, hace siempre lo que quiere. Interviene en muchas jugadas. Se mueve con plena libertad por el tablero. Sube, baja, avanza, retrocede. Hace y deshace la estrategia a su antojo, sin el peso de la responsabilidad que implica ser el rey.
Creo que esta figura encierra otro peligro, que es precisamente la irresponsabilidad. Hay personas que tienen muchas capacidades. Se sienten con libertad de movimientos. Pero deciden “hacer la suya”:
Hay que entender que todo movimiento en el tablero tiene implicaciones y repercusiones en las demás fichas. En la estrategia global, y para el avance coordinado de la misión, no se precisan “reinas” que vayan a su antojo, o por su cuenta, sino la acción conjunta y responsable de todas las piezas del tablero.
Tiene un accionar muy peculiar ―en diagonal― de forma que siempre se cruza durante el juego. Puede atravesar el tablero de esquina a esquina con el fin de bloquear el avance de alguna jugada por el centro. Su movimiento suele ser por sorpresa, apareciendo desde posiciones muy laterales entre las fichas.
Algo curioso es que el alfil es la única ficha que nunca cambia de color en sus movimientos. El que comienza en el blanco, solo avanza por cuadrados blancos, y el que comienza en negro, por los negros. No es capaz de cambiar de cuadros, o moverse por otros colores.
El peligro que entraña esta ficha, como metáfora viva, es precisamente dedicarse a salir siempre al corte. Frustrar iniciativas. Sorprender de repente neutralizando algún movimiento de avance, o dedicarse de forma sistemática a “cortar caminos”. ¿Conoces a gente así?
Tiene el movimiento más raro de todos. Dos pasos al frente y uno lateral. Es único. Las demás fichas comparten unos movimientos parecidos, pero él no. Avanza en una dirección y, de repente, hace un giro raro. Es una ficha especial, excepcional, peculiar, pero lo malo es que no tiene capacidad para hacer movimientos sencillos. Si no tiene un espacio amplio, no puede ni siquiera avanzar un cuadrado, por lo que a veces resulta poco útil en el juego.
El peligro de la excentricidad, de ser especial, de querer hacer lo que nadie hace, es que en ocasiones no resulta práctico. A veces es necesario hacer un movimiento corto, sencillo y directo para que resulte de utilidad. Por eso en ocasiones corremos el riesgo de querer ser tan peculiares, exclusivos e innovadores, que nuestros complejos movimientos sean del todo inoportunos.
Tiene apariencia de fortaleza. Imponente. De largo recorrido. Sin embargo sus movimientos son muy polarizados y rígidos. Se suele mover por los extremos del tablero, en la periferia, y generalmente interviene poco en la zona central del juego.
El riesgo para la persona-torre es precisamente la rigidez de planteamientos. O por la izquierda, o por la derecha. Siempre transitando los extremos de las opciones.
Grandes trayectorias de poco calado. Amplios movimientos, pero sólo en ángulos rectos. Vigilando siempre desde los laterales cualquier movimiento en su “línea de influencia”. Hay momentos en los que se precisan acciones dinámicas y ágiles por el centro, equilibradas, lejos de los extremos. Por eso, a pesar de su apariencia de fortaleza, y su amplia trayectoria, la torre en ocasiones resulta poco útil en las jugadas por el interior.

Es la pieza que menos vale. La más común. La más pequeña. Generalmente la primera en caer. El movimiento natural del peón siempre es hacia adelante. Siempre un paso al frente. No sabe hacer otra cosa, salvo cuando tiene que cumplir una misión puntual. Avanza poco a poco al servicio de las demás fichas. Abriendo camino al resto. Suele ser la primera que se sacrifica. Nunca está en la retaguardia. Nunca retrocede. No sabe mirar atrás. Su naturaleza es avanzar. Avanza poco a poco al servicio de las demás fichas. Abriendo camino al resto. Suele ser la primera que se sacrifica. Nunca está en la retaguardia. Nunca retrocede. No sabe mirar atrás. Su naturaleza es avanzar.
Además, es la única pieza que cuando llega a su meta, al final del tablero, se transforma en cualquier otra pieza, a elección del Maestro del juego. Todas las demás fichas son lo que son y nunca cambian. La que “menos vale”, en cambio, suele acabar siendo reina.
Los peones muchas veces deciden las partidas. Al fin y al cabo, lo que cuenta son los movimientos finales, y su la capacidad de transformación al final del juego, los convierten en fichas clave.
Creo que esta figura encierra grandes lecciones para nosotros.
Me gustaría transmitir este idea: el sueño de ser peones.
Me gustaría que cada uno de nosotros, cuando reflexionáramos sobre qué papel queremos jugar en el tablero de esta vida, en las “jugadas” que protagonizamos, no soñáramos con ser los más importantes, los reyes; ni tratáramos de “hacer la nuestra” de forma irresponsable como las reinas. No estuviéramos siempre cortando iniciativas como los afiles, ni tratando de llamar la atención con excentricidades como los caballos. Ni siquiera nos plantáramos como torres vigilando nuestras filas, sino que soñáramos con ser humildes peones. Aparentemente de poco valor, sencillos, prescindibles. Pero que nuestra naturaleza fuese avanzar siempre hacia delante. Al servicio de los demás. Sin mirar atrás, abriendo caminos en el frente. Y así, poco a poco, llegáramos a nuestro objetivo final y alcanzáramos el sueño de ser transformados por el Maestro.
Por Dani Bosqued / Equipo Fuseres.Org