Domingo, Mayo 20, 2012

Pensar la Actualidad

La violencia reprimida

collage ViolenciaTodos los días escuchamos noticias sobre situaciones violentas: un niño va con un arma a la escuela y dispara. Una joven mujer muere a manos de su pareja. Un fundamentalista se inmola y deja un gran saldo de muertos y heridos. Un grupo de vecinos busca justicia a mano propia ensañándose contra alguien que también ha cometido algún acto violento. Manifestantes por diversas causas reaccionan en masa violentamente, tirando piedras como proyectiles, saqueando negocios, realizando actos de vandalismo. Las fuerzas policiales reprimen, también de manera violenta, dichas manifestaciones populares. 


Estas y mil situaciones con las que todos estamos familiarizados. Basta encender la televisión, leer el diario o escuchar la radio: son noticias que los medios no dudan en poner en primera plana, sabiendo que vende más una noticia violenta que una que no lo es.

...existe un cúmulo de violencia contenida, reprimida. Que está al acecho, esperando manifestarse mediante alguna situación extrema, o algún detonante difícil de predecir.


Todo denota que en las personas individualmente y en la sociedad en general, existe un cúmulo de violencia contenida, reprimida. Que está al acecho, esperando manifestarse mediante alguna situación extrema, o algún detonante difícil de predecir. Muchas veces, la violencia individual se “contagia” y se genera un efecto masa donde pareciera ser que, momentáneamente, los sujetos pierden su condición de persona pensante, actuando impulsivamente de manera destructiva y sin darse tiempo de autoevaluar sus acciones.

Lo más preocupante es que esa violencia contenida, que está latente, cuando explota sale con tanta furia que incluso la persona puede llegar a transformarse en alguien que nunca imaginó, haciendo cosas que tal vez ni siquiera ella misma hubiera creído capaz de hacer.
 
La violencia enceguece. Calla la conciencia y el sentido común.

Pero ¿de dónde viene esa violencia reprimida?, Es posible que surja de ciertas situaciones del devenir individual y social, situaciones que se aglutinan en un espacio oscuro del ser humano, y, acumulándose, implican un poder destructivo difícil de contener.

La violencia enceguece. Calla la conciencia y el sentido común.


La pobreza, la exclusión, el sometimiento, el miedo, la desigualdad de oportunidades. La falta de valores desarrollados desde la infancia, la inexistencia de amor en el hogar, el desinterés por el otro. El individualismo y el la ley de “sálvese quien pueda” sin importar que sucede con el de al lado. La envidia desdeñosa, la falta de realización personal, los sueños frustrados, la falta de respeto de unos hacia los otros. La crisis de identidad, la pérdida de control sobre la propia vida, el no desarrollo de la dimensión espiritual humana. La imposición del poder, la discriminación, el desprecio por quien es diferente. El desequilibrio emocional, la falta de modelos educativos coherentes, la victimización, el abuso.

Y se puede seguir enumerando infinidad de cosas que generan ese vacío de propósito, esa angustia existencial, esa escasa valoración de la vida; que acumula una fuerza poderosamente negativa, la cual, llegado el momento, estalla y sale de la persona de manera descontrolada y desprovista de criterio.

Si, a fines prácticos, definimos la violencia como una enfermedad social, por ende una sociedad está enferma en la medida en que sus individuos lo están. De igual manera, si los individuos buscan mejorar hacia formas de vida menos violentas, velando por el bienestar social, el respeto por el otro y la búsqueda de una mejor calidad de vida; la sociedad en su conjunto se verá beneficiada.



El hecho es que vivimos en una sociedad donde la violencia es imperante, lo que no es algo nuevo en absoluto, sino tan antiguo como la humanidad, y tan universal que atraviesa hasta las divergencias culturales. Se transmite de generación en generación, de padres a hijos, y se aprende mediante mecanismos institucionalizados socialmente.

Si, a fines prácticos, definimos la violencia como una enfermedad social, por ende una sociedad está enferma en la medida en que sus individuos lo están. De igual manera, si los individuos buscan mejorar hacia formas de vida menos violentas, velando por el bienestar social, el respeto por el otro y la búsqueda de una mejor calidad de vida; la sociedad en su conjunto se verá beneficiada.

Siempre se empieza por casa. Tomando conciencia nosotros primeramente, educando a nuestros hijos en valores, y generando una diferencia sana en nuestra actitud y en nuestras acciones cotidianas, las cuales serán una influencia positiva para quienes nos rodean.


 Texto & Imagen: CS. Luisina Latorre | Equipo Periodístico Fuseres.Org

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